Resiliencia más allá de los clichés

1–2 minutos

leer

Sí, resiliencia. Esa palabra que muchas veces nos hace arrugar la frente y sentir cierta incomodidad por lo sobreusada y, sobre todo, mal usada y mal interpretada.

Solemos emplear el término resiliencia para describir supuestas cualidades o rasgos internos de una persona que “sale adelante” a pesar de haber vivido eventos difíciles. O recurrimos a la metáfora de los materiales: algo que, tras mucha presión, vuelve a su estado original.

Pero la resiliencia no es algo interno que las personas “tengan”. La resiliencia se observa en el comportamiento y en el ajuste. Se ve cuando las personas logran lo que se espera a nivel del desarrollo, alcanzan metas e incluso funcionan por encima del promedio. Y aun así, eso es solo una parte de la historia. Quienes muestran estos resultados no lo hacen porque posean algo mágico interno llamado resiliencia, sino porque cuentan con sistemas de protección: un cuerpo que funciona bien, alimentación saludable, recursos económicos suficientes, figuras parentales amorosas y con altas expectativas, buenas escuelas, desarrollo adecuado de la cognición y del afrontamiento socioemocional, docentes bien formados, acceso a sistemas de salud de calidad, vecindarios seguros, amistades, conexión con cultura, y sistemas sociales libres de corrupción que proveen leyes, protección y apoyo cuando uno o varios eventos adversos occuren.

Así que no: las personas no son resilientes. La resiliencia no es un agente metafísico, como bien señala Ann Masten: la magia de la resiliencia es que está en la cotidianidad. Y cuando la entendemos así, todos tenemos la posibilidad de construirla.

Deja un comentario