La conducta prosocial, actos voluntarios de ayuda, cooperación y empatía hacia otros, aparece tempranamente en la vida. Ya cerca del primer año los bebés comienzan a ayudar, compartir y consolar, y esas habilidades se van puliendo al crecer. Diversas investigaciones muestran que fomentar estas conductas desde la infancia es crucial para el desarrollo social y emocional. Por ejemplo, los niños que colaboran con sus pares son más aceptados socialmente y establecen relaciones más saludables. A la larga, la prosocialidad temprana predice mejor competencia socioemocional, éxito escolar, ajuste psicosocial y hasta mejores oportunidades laborales y salud mental en la edad adulta.
Entre los beneficios comprobados del comportamiento prosocial destacan:
- Adaptación social en la infancia: ayuda a que los niños aprendan a cooperar y a ser aceptados por sus compañeros
- Bienestar emocional en jóvenes: participar en actos de ayuda se asocia con más felicidad, mayor autoestima y menos estrés y depresión.
- Preparación para la vida laboral: el Foro Económico Mundial advierte que en el futuro se demandarán más habilidades sociales (empatía, trabajo en equipo). Clases que enfatizan colaboración preparan a los estudiantes con estas competencias clave, lo que contribuye a mayor estabilidad laboral y mejores relaciones familiares.
- Clima escolar positivo: entornos prosociales reducen la soledad, el acoso escolar y la agresividad. Estilos educativos empáticos fomentan un clima de respeto donde aumentan la cooperación y disminuyen los conflictos.
Estrategias efectivas en el aula
El modelo de conducta prosocial en el aula de clase sostiene que el ambiente escolar, comunitario y político impacta la competencia socioemocional de los docentes, lo que influencia las relaciones entre estudiantes y docentes, las estrategias de manejo de clase, y la implementación efectiva de actividades SEL, lo cual impacta en el clima del salón de clases y en el desarrolla, social, emocional, y académico de los estudiantes. Así mismo, las habilidades de los estudiantes impactan el ambiente del salón de clases y las interacciones con el docente.

Para convertir el salón de clases en un espacio prosocial se pueden aplicar prácticas basadas en evidencia. Por ejemplo, Bergin et al. destacan estas pautas para docentes:
- Elogios personales: reconocer al alumno en tanto persona (“Aprecio cómo colaboras”) en lugar de solo elogiar la tareas.
- Refuerzo de lo positivo: señalar explícitamente los comportamientos amables o cooperativos que ocurren en clase, no solo los errores.
- Disciplina inductiva: explicar con empatía el “por qué” de las normas (“No grites porque alteras a tus compañeros”), de modo que el alumno entienda el impacto de su conducta.
- Ambiente respetuoso: usar un tono de voz calmado y evitar castigos o recompensas autoritarias, pues estas pueden minar la cooperación genuina.
Además, integrar actividades de aprendizaje socioemocional (SEL) de forma sistemática y deliberada fortalece las competencias prosociales en estudiantes de todas las edades. Según investigaciones respaldadas por CASEL (Collaborative for Academic, Social, and Emotional Learning), los programas SEL bien implementados mejoran las habilidades sociales, la autorregulación emocional y la toma de perspectiva, al mismo tiempo que reducen los niveles de ansiedad, el acoso escolar y la conducta disruptiva, e incrementan el sentido de pertenencia en el aula y en la comunidad escolar.
En la práctica, esto implica incorporar en la rutina escolar actividades como:
- Dinámicas de grupo cooperativo, como “rompecabezas por equipos” (jigsaw), donde cada estudiante investiga una parte de un tema y luego enseña su parte al grupo. Esta actividad promueve la interdependencia positiva, el respeto por las ideas del otro y la responsabilidad compartida.
- Tareas académicas en equipo que requieren la colaboración para resolver un problema complejo, como diseñar un proyecto de ciencias o planear una feria cultural. Con la guía adecuada, estas situaciones ayudan a los estudiantes a practicar habilidades como la escucha activa, la negociación y el reconocimiento del esfuerzo del otro.
- Proyectos de servicio comunitario adaptados a la edad, como escribir cartas a adultos mayores, recolectar materiales escolares para niños necesitados o campañas ecológicas escolares. Estas experiencias permiten que los estudiantes desarrollen empatía y compromiso cívico al contribuir al bienestar de otros.
- Ejercicios explícitos de empatía, actividades de toma de perspectiva, por ejemplo, en la que se les presenta una situación social (un compañero nuevo que no habla el idioma local) y se les invita a imaginar cómo se sentiría esa persona y qué podrían hacer para ayudarla. Este tipo de reflexión promueve la toma de perspectiva y la compasión.
- Rondas de conversación emocional o círculos de diálogo, en los que cada estudiante comparte cómo se siente ese día, lo que ha sido un desafío o algo positivo que le ha ocurrido. Estas prácticas normalizan la expresión emocional, fortalecen la cohesión grupal y reducen los malentendidos.

Creditos: Community Psychology
Cuando estas prácticas se sostienen en el tiempo y se integran al currículo (no como actividades “extra”), los efectos son significativos: se observan mejoras en el rendimiento académico, en la conducta prosocial y en la resiliencia emocional, incluso años después de concluida la intervención.
En resumen, la evidencia indica que un “aula prosocial” beneficia al individuo y a la comunidad educativa: alumnos más comprometidos, mayor rendimiento académico y relaciones más sanas. Favorecer la empatía y la cooperación en todos los niveles educativos forma personas con mejor desarrollo emocional, mejores vínculos y comunidades más solidarias.
Referencias
Bergin, C. (2024, 6 de febrero). Promoting prosocial behavior in the classroom and beyond. University of Missouri News. https://www.showme.missouri.edu/2024/promoting-prosocial-behavior-in-the-classroom-and-beyond/
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Hirani, S., Ojukwu, E., & Bandara, N. A. (2022). Understanding the role of prosocial behavior in youth mental health: Findings from a scoping review. Adolescents, 2(3), 358–380. https://doi.org/10.3390/adolescents2030028
Jensen, S., Nakamura, J., Lin, M., Nelson, M., Lee, Y. A., Chen, F., & Card, K. (2024, 31 de enero). What are the benefits of prosocial behaviour? Center for the Science of Social Connection, University of Washington. https://www.socialconnection.uw.edu/guidelines/benefits-of-prosocial-behaviour/
Lemos, V. (2011, junio). Promoción de los comportamientos prosociales en el aula: Resultados de un proyecto de intervención en contextos de pobreza [Ponencia]. XXXIII Congreso Interamericano de Psicología, Medellín, Colombia.
Valdés Cabello, E., Spencer-Contreras, R., & Cárcamo, R. A. (2023). Impacto del padre en el desarrollo de la conducta prosocial de niños y niñas durante la primera infancia: Una revisión sistemática. Terapia Psicológica, 41(3), 279–292. https://doi.org/10.4067/S0718-48082023000300301
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